Yuzu Mashiro se entrega al macho que domina su culo asiático
Aquel día en el estudio, Hiroshi Owada me ordenó desnudarme frente a la cámara sin decir una palabra, y yo obedecí como la puta sumisa que soy. Me arrodillé en el suelo mientras él se sentaba en la silla, su polla dura ya lista para mí, y me hizo chupársela hasta que sus huevos se tensaron. Cuando me ordenó que me diera la vuelta y me inclinara, supe que no habría piedad: me empotró de una estocada hasta hacerme gemir, mis muslos temblando con cada embestida. Sus manos me apretaban las caderas, marcándome la piel mientras me follaba como si fuera su propiedad, y yo solo podía suplicar que no se detuviera. El sonido de su verga entrando y saliendo de mi coño mojado resonaba en el cuarto, y cuando me ordenó correrme, no pude evitar gritar su nombre mientras me vaciaba dentro. Al terminar, su leche blanca goteaba por mis muslos, y mi tanga de encaje quedó tirado en el suelo, manchado y olvidado.