Riley Daniels juega con sus pies y su coño mojado para su papi
La veo ahí, con sus pijamas de cerda y esos ojos avellana que brillan de lujuria, mientras se acomoda en el sillón de cuero desteñido. Riley Daniels, con su pelo negro largo cayéndole sobre los hombros, obedece cada orden como una niña sumisa que sabe que su papi no perdona los errores. Se quita las zapatillas despacio, mostrando sus pies pequeños y perfectos, mientras sus dedos se clavan en los muslos, temblando de anticipación. "¿Así quieres que los ponga, papi?", pregunta con voz temblorosa, y yo asiento, disfrutando cómo se muerde el labio al mover los dedos sobre su coño húmedo. Sus tetas pequeñas se balancean mientras arquea la espalda, gimiendo bajito cuando mi mirada se clava en su sexo rosado, ya hinchado de deseo. "¿Puedo tocarme, papi?", suplica, y aunque sabe que la respuesta es no, lo pregunta igual, solo para escuchar mi voz mandona: "No, no hasta que yo lo diga". Sus caderas se sacuden solas, pero se controla, obediente, mientras sus uñas se hunden en la piel, dejándole marcas rojas. Cuando por fin le doy permiso, sus dedos vuelan hacia su clítoris, frotándolo con desesperación, pero para cuando está a punto de correrse, le ordeno que se detenga. "¿Por qué me haces esperar así?", jadea, y yo me río, sabiendo que ese juego de poder la vuelve más loca. Al final, cuando la dejo llegar, su cuerpo se arquea violentamente, sus muslos tiemblan y su coño late alrededor de nada, necesitando ser llenado. Lo único que piensa es en cuánto desearía que fuera una polla la que la hiciera gritar así.