China sumisa reta a su amo en un juego de dominación extrema
“Vamos, ¿crees que puedes manejarme?”, le provocó con una sonrisa pícara mientras se ajustaba las correas en las muñecas. El tipo no se dejó intimidar y, con un tirón seco, la dejó amarrada al cabezal de la cama, las piernas abiertas y los muslos brillando de tanto que se había frotado antes. Ella arqueó la espalda cuando sintió el primer golpe de la correa en el culo, un golpe que le hizo saltar pero que no la hizo gemir como él esperaba. “Aún no terminamos, perra”, gruñó él, deslizando los dedos entre sus labios mojados antes de azotarla de nuevo, esta vez más fuerte, dejando marcas rojas en su piel suave. Ella se mordió el labio para no gritar, pero cuando él se hundió dentro de ella de una estocada, dejándola sin aliento, los gemidos le escaparon sin control. “¿Así que esto es lo que aguanto?”, jadeó, mientras él la empotraba contra el colchón, sus caderas chocando con fuerza, sus testículos golpeando su coño con cada embestida. La escena se volvió feroz, con ella retorciéndose, buscando más aunque fingiera indiferencia, y él alternando entre azotes y embestidas profundas que la hacían temblar. En más de 38 minutos de escena, él la tuvo al borde del orgasmo una y otra vez, negándole el alivio hasta que ella, con la voz entrecortada, le suplicó: “Por favor, córrete dentro de mí ya”. Él lo hizo, llenándola hasta que el semen se le escapó entre los muslos, dejando claro quién había ganado el juego. “La próxima vez, no serás tan insolente”, le susurró al oído mientras ella respiraba agitada, sabiendo que estaría lista para volver a jugar.