Fresas dulces y jugosas de una pelirroja ardiente
Esta pequeña pelirroja de piel blanca como la leche entró al cuarto con sus tetas firmes y su coño ya mojado, lista para que le devoren las fresas que traía en la mano. Sus pezones rosados se endurecieron cuando se inclinó para dejar caer las frutas sobre la cama, y su tanga de encaje apenas podía contener el calor que emanaba entre sus piernas. Sin pensarlo dos veces, le arranqué el tanga con los dientes y hundí mi lengua en su coño, saboreando su jugo dulce mientras ella gemía y se retorcía. Sus muslos temblaron cuando le metí dos dedos bien adentro, y sus uñas se clavaron en mi espalda mientras arqueaba su cuerpo hacia mí. Las fresas rodaron por el suelo cuando la levanté y la empotré contra la pared, clavándole mi polla hasta el fondo mientras ella mordía mi hombro para no gritar. Cada embestida la hacía chorrear más, y sus tetas rebotaban con cada golpe de mis caderas. Cuando ya no aguantó más, se corrió con un gemido ahogado, apretando mi verga con sus paredes mientras yo le llenaba el coño de leche caliente. Se dejó caer al suelo, jadeando, con el cuerpo cubierto de sudor y restos de fresas aplastadas. Su piel blanca estaba enrojecida por el esfuerzo, y su coño seguía palpitando cuando me incliné para lamerle los jugos que goteaban entre sus piernas.