Amanece y le clavan la polla sin piedad
Ella aún con los ojos medio cerrados de la noche anterior, notó cómo él ya se le ponía tieso entre las piernas mientras le lamía el cuello con esa lengua caliente que le erizaba la piel. Sin avisar, la agarró de las caderas y la volteó boca abajo sobre el colchón, dejando su culo redondo y prieto a la altura de su boca hambrienta. Con un gemido ahogado, ella sintió cómo la punta de su verga gruesa y venosa le rozaba el coño empapado, que ya goteaba sin control por las ganas que llevaba acumulando desde anoche. Él no perdió tiempo y se la clavó de un tirón hasta el fondo, arrancándole un grito de sorpresa mezclado con placer mientras sus tetas rebotaban con cada embestida brutal. Cada vez que la embestía, el sonido húmedo de su coño chorreando y los golpes de sus pelotas contra su clítoris mojado llenaban la habitación, haciendo que sus gemidos se volvieran más agudos y desesperados. Ella no pudo evitar arquear la espalda y empujar el culo hacia atrás, rogando en voz alta que no se detuviera, que la follara más fuerte hasta hacerla correrse como una loca sobre las sábanas arrugadas. Él, sin piedad, le agarró el pelo y le obligó a levantar la cabeza mientras le metía la polla hasta la garganta, sintiendo cómo su leche espesa le resbalaba por la garganta mientras ella tragaba sin respirar. Cuando por fin se corrió dentro de su coño caliente, el líquido blanco le resbaló por las piernas, mezclándose con sus propios jugos, dejando un charco pegajoso bajo su culo que aún temblaba al ritmo de los últimos espasmos. Él se dejó caer a su lado, jadeando, mientras ella se limpiaba los labios con el dorso de la mano y le susurraba al oído que quería más, que no la dejara así de mojada y necesitada.