Chico rubia se masturba con verga gigante
El rubio con cuerpo de atleta se quita el jock con manos temblorosas mientras se lame los labios y mira la cámara con ojos llenos de lujuria. Su polla, gruesa y palpitante, ya asoma por la abertura del short deportivo y le hace babear al verla tan dura y brillante con gotitas de líquido preseminal. Se sienta en el borde de la cama sin dejar de acariciarse la verga con los dedos, gruñendo cuando se aprieta el glande morado entre las yemas. La morena pelirroja que lo observa desde el marco de la puerta no puede resistirse y entra sin hacer ruido, con los pies descalzos sobre la alfombra que amortigua sus pasos. Le agarra el culo prieto y lo aprieta contra su propio cuerpo, sintiendo cómo el chico se estremece al sentir sus tetas rozarle la espalda mientras le susurra al oído obscenidades en español. Él se deja caer hacia atrás sobre el colchón, extendiendo las piernas para que ella le quite los calcetines sudados mientras sus dedos no dejan de jugar con el prepucio, sacando a relucir la cabeza gruesa y roja de su verga. La morena, con las uñas pintadas de negro, le clava una mano en el abdomen y lo empuja contra el colchón, ordenándole con voz ronca que se quede quieto mientras le lame toda la longitud de su pollón, desde los huevos apretados hasta el agujero del glande que se le escapa entre los labios. Él gruñe y se aferra a las sábanas, sintiendo cómo la lengua caliente y húmeda de ella le recorre cada vena palpitante antes de metérsela entera en la boca y ahogarse con sus propios gemidos ahogados. Ella no tarda en sacársela brillando de saliva, le escupe en el glande y se la masturba con furia mientras con la otra mano le mete dos dedos por el culo, estirándolo sin piedad hasta que él se retuerce y le suplica que no pare. La habitación huele a sexo crudo y a pies sudados mezclado con el aroma dulce del lubricante que ella se echa en la mano antes de empalarlo con los dedos abiertos, haciéndole gritar cuando le abre el agujero hasta que por fin le clava la cabeza de su verga gorda y se la mete toda de golpe, empalándolo sin piedad mientras él se agarra la sábana con los puños y le suelta una corrida espesa y pegajosa que le chorrea por el pecho y el abdomen. Ella no se detiene hasta escucharlo jadear y gemir su nombre entrecortado, mordiéndole el hombro para ahogar sus gritos mientras el chico se corre otra vez, esta vez dentro de su boca hambrienta que no deja escapar ni una gota.