Joven sumiso empalado por culazo tatuado tras mamada
El chaval llevaba días observando con ojos de cordero degollado al musculoso de brazos llenos de tinta que pasaba por su calle, pero nunca se atrevió a cruzar palabra hasta que una noche, borracho de cerveza y de deseo, llamó a su puerta con una sonrisa de oreja a oreja. El jock tatuado no necesitó más incentivo: lo agarró por la nuca, le clavó la polla en la boca y le ordenó que tragara hasta la base sin rechistar. El twink, con la lengua llena de babas, obedeció como un perrito bien adiestrado, ahogándose en la carne dura mientras las venas marcadas le golpeaban el paladar. El grandullón, con un gruñido animal, lo levantó en vilo y lo empotró contra la pared del pasillo, arrancándole los pantalones ajustados de un tirón para dejar al descubierto un culito prieto y tembloroso. Con la espalda arqueada y las manos amarradas por las muñecas con el cinturón de cuero, el sumiso gimió cuando la verga tatuada le abrió el culo de un solo envite, estirando la entrada hasta que ardió de placer y dolor. Cada embestida le sacudía las entrañas, haciendo que sus gemidos guturales rebotaran en las paredes mientras la saliva le resbalaba por las comisuras de la boca. El jock, sudando como un animal en celo, lo azotó en el trasero con la mano abierta para que el sonido de la carne chocando se mezclara con los resoplidos entrecortados del twink, que ya tenía los huevos a punto de reventar. Cuando la polla rozó ese punto que lo volvía loco, el chaval se corrió sin poder contenerse, manchando el suelo con chorros espesos mientras su cuerpo se sacudía como un muñeco de trapo. El tatuado, lejos de detenerse, lo siguió empotrando con furia salvaje hasta que su propia corrida caliente le llenó el recto, dejándolo marcado por dentro y por fuera con un olor a sexo crudo que tardaría días en borrarse. La luz tenue de la habitación reflejaba los tatuajes brillantes en la piel sudorosa de ambos, mientras el jock le susurraba al oído que eso solo había sido el calentamiento y que la próxima vez lo amarraría de verdad. El twink, exhausto pero con los ojos brillantes de lujuria, asintió sin fuerzas, sabiendo que esa noche había sellado su sumisión para siempre.