Entregando a mi hijastro para que lo rellenen los tíos
El muy cabrón del hijastro llevaba meses con esa cara de niño bueno mientras se paseaba por la casa en calzoncillos ajustados, dejando que su culo prieto se marcara con cada paso. Lo vi desde el sofá, con la polla ya dura bajo mis jeans, imaginando cómo esos dos tíos suyos —el mayor con esa barriga cervecera y el más joven con los abdominales marcadísimos— se lo iban a empotrar sin piedad. Cuando el hijastro se agachó para recoger el control remoto se le subió la camiseta, dejando al descubierto una raja de culo que pedía a gritos que la reventaran, y ahí no pude aguantarme: le solté un azote que le hizo gemir y arquearse hacia mí. El mayor se relamió los labios al verlo tan mojado de anticipación, mientras el más joven se sacó la verga hinchada de los pantalones y le escupió en el agujero antes de clavarle la punta sin avisar. El hijastro soltó un gritito agudo, pero en menos de dos embestidas ya estaba gritando como una puta en celo, con las piernas temblorosas y el coño —sí, coño, porque ya le habíamos metido los dedos para abrirle el camino— chorreando por todas partes. El tío mayor le agarró de las caderas con fuerza bestial y se lo clavó hasta las bolas, haciendo que el hijastro se corriera en chorros blancos sobre el suelo mientras sus tíos le reventaban las entrañas sin condón, llenándolo de leche caliente hasta que le goteaba por los muslos. El más joven se corrió dentro de él segundos después, gruñendo como un animal mientras le agarraba la garganta para que no dejara de gemir, y el hijastro se derrumbó sobre la alfombra, con el culo abierto y la boca llena de babas, pidiendo más mientras los dos tíos se reían y le recordaban que esto apenas empezaba.