Dos vecinos bien dotados me empotran sin piedad
El más joven se me acerca con su verga dura apretando el bulto de los jeans y me susurra al oído lo que quiere hacérmelo sentir sin filtros. Su padrastro no se queda atrás, se quita la camisa y me enseña esa polla gruesa que ha heredado de sangre con un par de huevos que prometen una corrida de las buenas. El más mayor me agarra del pelo y me obliga a chupársela mientras su hijastro se pone detrás, me baja los pantalones y me clava los dedos en el culo para abrirme bien. La primera embestida me hace gritar con la boca llena de carne palpitante, el chaval no tiene piedad y me empala tan profundo que siento su punta golpeando mi próstata mientras su padrastro me enrosca la lengua alrededor de la pija y me la lame con saña. Los gemidos se mezclan con los gruñidos de ellos, el sonido húmedo de la mamada y el chapoteo de la leche que ya empieza a gotear por mi pecho. El más joven me gira, me pone de rodillas y me mete la polla hasta la garganta mientras su padrastro le guiña un ojo y se arrodilla para lamerme los cojones antes de embestirme por el culo con fuerza bruta. Las embestidas son brutales, cada empujón me hace ver estrellas y el sudor resbala por mi piel mientras los dos me usan como su putita personal. El más mayor me agarra de las caderas y me clava los dientes en el hombro mientras su semen me inunda el culo, caliente y espesa, y el más joven se corre en mi boca con un chorro grueso que me llena la garganta hasta ahogarme. Los dos se quedan jadeando, con las pollas aún goteando, y yo me derrumbo sobre la cama sin fuerzas, con el culo y la boca bien usados pero con una sonrisa de oreja a oreja porque esto no se queda aquí.