La mamá de mi padrastro me vuelve loco con ese culo perfecto
—No deberías mirarme así, jovencito— susurra Ivana Montana mientras se inclina para recoger el libro que él dejó caer. Ella sabe perfectamente el efecto que causa con ese culo redondo y firme, apenas cubierto por un short ajustado que marca cada curva. Lleva semanas provocándolo: rozándose contra él al pasar, mandándole fotos en tanga, dejando la puerta entreabierta cuando se ducha. Hoy, el joven no aguanta más. La agarra por la cintura y la empuja contra la pared, arrancándole un gemido cuando sus dedos se clavan en esas nalgas duras. Ella se ríe, pero no se resiste. Se gira, le baja los pantalones de un tirón y se arrodilla para chuparle la polla hasta dejarla brillante. Él la levanta de golpe y la empotra contra el colchón, hundiendo la cara entre esos pechos grandes y blandos. Sus tetas rebotan con cada embestida, los pezones rosados rozando su pecho. Ella grita cuando él le abre las piernas de una patada y le mete los dedos en el coño mojado. —Más duro— exige, arqueando la espalda para que le entre hasta las pelotas. Él la voltea y la penetra por atrás, agarrándole las caderas para clavársela hasta hacerle tocar el cuello del útero. El sonido de carne golpeando carne llena la habitación. Ivana se muerde el labio cuando siente el calor de su corrida llenándola por dentro, pero él no para, sigue embistiendo como un animal hasta que los dos quedan temblando. La escena dura más de 12 minutos, y cada segundo es puro fuego.