Este viado caliente me vuelve loco cuando me masturbo solo
Lo vi pasar frente a mi ventana con ese culo prieto y ese bulto que le marcaba el short ajustado, y ya supe que no podía resistirme. Me bajé el pantalón de un tirón y saqué la polla dura como una piedra, lista para darle a mi verga lo que llevaba horas pidiendo. Lo imaginé dándome placer con esa boquita de puto goloso mientras gemía y se retorcía bajo mis embestidas. Primero me la chupó lenta, con la lengua recorriendo cada centímetro de mi tronco hasta dejarla reluciente y chorreando saliva. Después lo empujé contra el sofá, le bajé los pantalones y le abrí bien las nalgas para ver ese culo virgen y ansioso que pedía a gritos ser reventado. La primera embestida lo dejó sin aire, con un gemido que se ahogó en mi boca mientras yo le clavaba la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su agujero se abría para dejarme entrar más y más. Cada vez que lo empotraba contra el respaldo, sus gritos de puta caliente resonaban en toda la casa, y yo no podía aguantar más la presión en mis pelotas. Le agarré el pelo con fuerza y le ordené que se agachara de rodillas, con el culo en pompa y las manos apoyadas en el suelo, mientras yo le metía hasta la garganta sin piedad. Los sonidos de su garganta tragando mi verga se mezclaban con los chasquidos húmedos de cada embestida, y su piel sudorosa brillaba bajo la luz que entraba por la ventana. Cuando sentí que ya no podía aguantarme, lo levanté de un tirón y lo tiré sobre la cama, con las piernas bien abiertas para que me viera correrme sobre su cara. La corrida le manchó el coño y la boca, mientras él se limpiaba con los dedos y se los llevaba a la boca para no perderse ni una gota de mi leche espesa. Después de tanto esfuerzo, caímos rendidos sobre las sábanas revueltas, con los cuerpos pegajosos y el aire lleno de ese olor a sexo sucio que nos había dejado exhaustos y satisfechos.