Se reencuentran dos reinas del sexo en una mesa de billar
Natzinha Morena no me dejaba de echar miraditas cuando pasábamos por el set de grabación, pero esta vez no aguanto más y me arrastró hacia la mesa de billar para demostrarme por qué es una diosa del sexo. Desde que nos conocimos, había tensión acumulada entre nosotros, miradas robadas, roces casuales que se sentían como descargas eléctricas, hasta que ya no pudimos aguantar más. La vi con ese culazo parado en tanga, las tetas gordas rebotando cada vez que se movía, y mi polla se puso más dura que el palo de la mesa. No esperó ni un segundo para arrodillarse y chupármela como una puta hambrienta, metiéndosela hasta las pelotas mientras gemía con esos labios carnosos. Cuando ya no aguanté más, la puse de espaldas sobre la mesa, separé esas nalgas perfectas y me enterré en su coño mojado de una estocada, sintiendo cómo su carne caliente me aprisionaba hasta el cuello del útero. La tableteé como un animal, haciendo que sus muslos temblaran con cada embestida, hasta que no pudo más y se corrió gritando mi nombre. —No sabes lo que me haces, cabrón— me susurró al oído mientras le dejaba mi leche bien adentro.