La elfita camarera se empalma y le chupa hasta dejarlo seco
Llevaba días coqueteando con el grandulón rubio cada vez que se acercaba a su mesa, pero hoy el juego se volvió real cuando la botella de sidra se le resbaló de las manos y se le derramó entera sobre el vestido ajustado, dejando sus tetas prietas y el coño bien mojado a la vista de todos. Él no pudo resistirse y la agarró por la cintura con esas manos enormes, arrastrándola hasta el almacén donde la levantó contra la pared como si no pesara nada, sintiendo cómo el cuero de su corsé le apretaba los pechos mientras le susurraba al oído que le pagaría el desastre con algo más dulce que sidra. La elfita, con los labios pintados de rojo y los ojos brillantes de lujuria, no necesitó que se lo pidieran dos veces: se agachó de inmediato y le abrió el pantalón con dedos ágiles, sacando esa polla gruesa que ya goteaba pre-semen, y se la metió hasta el fondo de la garganta sin pensarlo, tragándosela entera mientras él le agarraba el pelo rubio con fuerza y le marcaba el ritmo de las embestidas. Cuando ya no pudo más, la levantó en volandas, le arrancó el tanga de encaje que apenas cubría su culo prieto y la empaló de un solo golpe contra la estantería, haciendo que gritara de placer mientras sus tetas rebotaban con cada embestida profunda que le llegaba hasta el útero. Ella, con las piernas alrededor de su cadera y el coño bien empapado, no paraba de gemir su nombre entre jadeos mientras él la follaba como un animal, clavándosela hasta que sintió cómo su leche caliente le llenaba las entrañas sin piedad, dejando gotas blancas resbalando por sus muslos y manchando el suelo del almacén. Después, exhaustos y sudorosos, se quedaron abrazados un rato, ella lamiéndose los labios con una sonrisa pícara mientras él le limpiaba los restos de corrida del coño con la lengua, saboreando cada gota como si fuera su postre favorito.