Yor Forger empalada llena de leche caliente
La agente secreta no pudo resistirse cuando su nuevo compañero de misión la empujó contra el sofá del despacho con esos labios carnosos y esos pechos enormes que parecen pedir a gritos que los amasen. Apenas abrió la puerta del cuartel, él la agarró del pelo y le soltó un beso sucio mientras le arrancaba la falda con un tirón brusco, dejando al descubierto ese coño depilado y reluciente que ya estaba empapado de anticipación. La polla gruesa del tipo, dura como una roca y palpitando con cada latido de su corazón, le rozó el muslo antes de que él la obligara a arrodillarse de un empujón en el suelo alfombrado, donde su aliento caliente le quemó la nuca mientras le susurraba obscenidades al oído. Ella no pudo evitar gemir cuando sintió cómo esa verga enorme se hundía entre sus tetas, apretándolas con fuerza mientras le lamía los pezones hasta dejarlos duros como piedras, chupándolos con avidez hasta que la saliva le resbaló por los pechos y le dejó marcas brillantes. Pero no era suficiente, el muy cabrón quería más, así que la levantó de un tirón por las caderas y la empotró contra la pared, metiéndole la polla de una sola estocada hasta el fondo del coño, arrancándole un chillido que resonó por todo el edificio. Los pechos le rebotaban como locos con cada embestida brutal, la carne le temblaba mientras él la azotaba con fuerza, marcándole el culo con los dedos clavados en su piel mientras le gruñía que era una puta buena para aguantar ese ritmo salvaje. La polla le llenaba el vientre hasta que ya no supo dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba la verga, cada embestida le llegaba hasta las entrañas, arrancándole gemidos ahogados que se mezclaban con los golpes de carne contra carne en un ritmo obsceno. Cuando él sintió que estaba a punto de correrse, la sacó de golpe, le dio la vuelta como a una muñeca de trapo y la puso a cuatro patas sobre la mesa de operaciones, con las tetas aplastadas contra el frío metal mientras él le metía la polla por detrás sin piedad. El coño le ardía, el culo le escocía, pero no le importaba porque cada embestida le llegaba hasta el alma, arrancándole gritos guturales mientras él le agarraba las caderas con fuerza bruta y la embestía como si no hubiera un mañana. Entonces, cuando ya no pudo aguantar más, él se enterró hasta las pelotas y le soltó toda la leche hirviendo dentro, llenándole el útero hasta que el chorro espeso le corrió por las piernas y le manchó los muslos de blanco lechoso, mientras ella se retorcía de placer bajo el peso de ese cuerpo sudoroso que no dejaba de empujar aunque ya estuviera vacío. Los gemidos se convirtieron en suspiros entrecortados cuando él le dio las últimas embestidas lentas, estirando el orgasmo hasta que a ambos les faltó el aire, con las respiraciones jadeantes y los cuerpos temblorosos pegados el uno al otro bajo el resplandor de las luces del laboratorio. Cuando por fin se separaron, ella tenía la cara roja de vergüenza y satisfacción, el coño goteando leche como una fuente, y él, con una sonrisa pícara, le lamió los labios antes de susurrarle al oído que esto solo había sido el calentamiento de su próxima misión.