Ludo y su amo se empotran hasta reventar coños
Ludo llevaba días mordiéndose el labio cada vez que su amo le susurraba al oído, pero hoy no pudo aguantar más: la polla gruesa y morada de ese cabronazo le apretaba contra la pared de su habitación mientras él le arrancaba el vestido de un tirón. La tela se deshizo entre sus dedos como papel de seda y los pezones duros de Ludo se le clavaron en el pecho al sentir el aire frío del cuarto pegándosele a la piel sudada. El amo gruñó con voz ronca y le agarró el culo prieto con ambas manos, hundiendo los dedos en esa carne temblorosa que le pedía a gritos que la partiera en dos. Ella gimió fuerte cuando la cabeza gruesa de su verga le abrió el coño de par en par, empalándola contra la pared con embestidas tan brutales que le hacían saltar las tetas como gelatina. El sonido húmedo de los cuerpos chocando resonaba en la habitación junto a los gemidos ahogados de Ludo, que se agarraba a los hombros del amo como si fuera su tabla de salvación mientras las embestidas le arrancaban un chorro de jugos por las piernas. Él le clavó los dientes en el hombro para callar sus gritos y aceleró el ritmo hasta que ella se corrió con un espasmo que le retorció el vientre, mojando la polla de ese hijo de puta que no paraba de empotrarla. El amo la volteó como si no pesara nada, la puso de espaldas sobre la cama y le levantó las piernas hasta casi doblarlas contra su pecho, abriéndole el coño como un libro para hundirse hasta la raíz con cada empujón. Ludo chilló al sentir cómo la verga le rozaba el fondo del útero, pero el cabrón no se apiadó ni un segundo, follándosela con saña hasta que le salió un hilo de babas por la comisura de los labios. Cuando por fin se corrió dentro de ella, el calor del semen le quemó las entrañas y Ludo se derrumbó sobre el colchón, jadeando como un animal atropellado mientras el amo le escupía en la boca para que lamiera su propia corrida mezclada con sus jugos.