Me encanta sentir mi polla dentro de sus coños
La muy putita no puede evitar gemir cuando le clavo la verga hasta el fondo y le reviento las paredes del coño con cada embestida. Desde que la vi por primera vez en la playa, con ese bikini que apenas le cubría el culo prieto, supe que terminaría con la cara enterrada entre sus muslos y la lengua chupándole el clítoris hasta dejarla temblando. La primera vez que me pidió que la llenara fue en su coche, con las ventanillas empañadas y el perfume a sexo barato flotando entre los asientos, mientras me agarraba del cuello y me suplicaba que no parara. Ahora cada vez que nos vemos, la muy viciosa me arrastra a cualquier rincón para que le folle el coño empapado, ya sea en el baño de un bar, en el ascensor de su edificio o incluso en medio de la calle si la pillo con ganas. Hoy no fue diferente: me la llevé a su departamento, le arranqué el vestido de un tirón y la empujé contra la pared del pasillo, donde le levanté las piernas y le metí la polla de una sola vez hasta que sus tetas rebotaron contra mi pecho. Cada embestida le sacaba gritos ahogados, con los dedos enredados en mi pelo y las uñas clavadas en mi espalda mientras le corría el jugo por los muslos. No tardó en correrse, con el coño apretando mi verga como un puño y la boca abierta en un aullido de placer que resonó en todo el edificio, pero yo seguí empotrándola sin piedad hasta que mis bolas se vaciaron dentro de ella, dejándola completamente mojada y sin fuerzas para moverse. Ahora yace en el suelo, jadeando con los ojos vidriosos y las piernas temblorosas, mientras le limpio los restos de mi corrida con la lengua y le susurro al oído que mañana volveré por más.