Marilyn Monroe cabalga a lo salvaje mientras Rome Major le cubre de leche
—No deberíamos hacer esto— susurra Marilyn Monroe entre gemidos, pero sus muslos ya están temblando alrededor de la polla de Rome Major. Ella se agacha sobre él, sintiendo cada centímetro de ese tronco negro hundirse en su coño mojado, tan apretado que las venas de él se marcan como cordones azules bajo la piel. La rubia gime sin pudor, balanceándose adelante y atrás, sus tetas grandes botando con cada embestida, mientras él le agarra las caderas con fuerza, marcando sus dedos en la piel suave. La cama cruje bajo sus movimientos, las sábanas se enrollan en sus pies descalzos, y el olor a sexo húmedo llena el aire. Marilyn lo mira con los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior, sabiendo que esto está mal pero sin poder detenerse. Rome Major gruñe, enterrando los dedos en su carne, tirando de ella hacia abajo para empalarla hasta las pelotas, sintiendo su coño apretarse alrededor de él como un guante. Ella gime más fuerte, sus paredes vaginales palpitando, y él sabe que está cerca, que no aguantará mucho más. Con un grito ahogado, Marilyn se corre, sus jugos chorreando por los muslos de ambos, y él la empuja hacia adelante, sacando la polla para disparar chorros gruesos sobre su espalda, manchando su piel de leche espesa. Respirando con dificultad, Marilyn se deja caer sobre él, sintiendo el semen goteando entre sus nalgas, y sonríe con malicia. —La próxima vez, será en la ducha— susurra, y él ya sabe que no podrá resistirse.