La Anyas se empotra un dildo realista a cuatro patas
El juguete lo tenía mirándome desde hacía semanas, guardado en el cajón de las fantasías prohibidas, y cada vez que me masturbaba con los dedos imaginaba cómo se sentiría ese trozo de plástico duro dentro de mi coño mojado. La tensión se acumulaba cada noche, acariciando mis muslos con los deditos mientras me lo imaginaba entrando y saliendo, empapado en mis jugos. Cuando por fin lo saqué, sus detalles realistas —la vena gruesa, el tamaño perfecto— me hicieron gemir antes de siquiera rozarme el clítoris. Me puse de rodillas en la cama, separando las nalgas para que la cabeza del dildo rozara mis labios, y el primer contacto me hizo arquear la espalda. Lo empujé adelante y atrás, sintiendo cómo se abría mi carne alrededor de esa polla de silicona, hasta que estuvo enterrada hasta las pelotas, golpeando ese punto que solo un hombre podría alcanzar. Mis gritos rebotaban en las paredes mientras me follaba sin descanso, las caderas moviéndose solas, buscando ese orgasmo que llevaba días negándome. Los fluidos resbalaban por mis muslos cuando el clímax llegó, convulsionando mi cuerpo, y el dildo seguía dentro, latiendo al ritmo de mis espasmos. Ahora sé lo que quiero para la próxima: la versión con carne y hueso, pero esta vez sin dildos de por medio.