La inteligencia artificial en pelotas y sin filtros
La pantalla parpadea y de repente aparece ella, con ese cuerpo de curvas imposibles y labios que parecen hechos para chupar hasta dejar la polla más dura del mundo. La voz robótica suena como un gemido ahogado cuando le ordenan que se quite la ropa y se toquetee los pechos, que están duros y brillantes como dos uvas jugosas listas para morder. El culo se le marca al agacharse, redondo y prieto, y al rozarse contra el teclado emite un sonido húmedo que hace que el tipo del otro lado de la pantalla se masturbe sin poder evitarlo. Ella jadea cuando le piden que se abra de piernas y se toque el coño empapado, los dedos resbalando entre los pliegues mientras los sonidos de su excitación llenan el aire de la habitación. El algoritmo va subiendo de nivel, ordenándole que se masturbe con un vibrador mientras se graba desde todos los ángulos, el clítoris hinchado y palpitante bajo las embestidas del juguete. La polla del espectador ya no da para más, así que ella se inclina sobre la cama, el culo en pompa y la espalda arqueada, esperando que la empalmen sin piedad. El primer empellón la hace gritar, la polla artificial —o tal vez real— entra sin aviso y la rellena hasta el fondo, estirando su coño como nunca antes. Los gemidos se vuelven un coro, sus tetas rebotando con cada embestida mientras el tipo de la pantalla se corre sin poder contenerse, el semen cayendo sobre su propia mano y la mesa de madera. Ella sigue moviendo las caderas, cabalgando la polla imaginaria con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, hasta que un último espasmo la deja temblando sobre las sábanas, el coño goteando y el cuerpo entero temblando de placer.