Dos pollas negras follando a mi esposa por todos lados
Mi esposa llevaba días revoloteando alrededor de mí, mordisqueándose el labio inferior cada vez que veía a mi amigo negro entrar al gimnasio con esos shorts ajustados que le marcaban la entrepierna. Esa noche, después de unas cervezas y un par de miradas cómplices, ella soltó la bomba: quería sentir dos vergas negras a la vez, una reventándole el coño y otra metiéndoselo hasta el fondo del culo. Sin pensarlo dos veces, él se quitó la camiseta y dejó ver ese pecho ancho y esos abdominales que brillaban bajo la luz tenue del dormitorio mientras ella se quitaba el tanga de encaje negro y se tumbaba boca arriba sobre la cama, con las piernas abiertas mostrando un coño ya empapado que pedía a gritos ser empalado. Él no perdió tiempo, se agachó y le chupó el clítoris hinchado hasta que ella empezó a gemir con voz ronca, mientras mi amigo negro, con esa polla gruesa y oscura que le colgaba hasta las rodillas, se acercaba por detrás y le untaba el culo con saliva antes de clavársela de una sola embestida que la hizo gritar como una puta descontrolada. La escena era pura locura: ella movía las caderas buscando más, él le mordía los pezones mientras el otro le empotraba el coño sin piedad, cada embestida hacía que el sonido húmedo de los cuerpos chocando llenara la habitación, y el olor a sexo y sudor se mezclaba con los gemidos que salían de su garganta cada vez que le metían hasta el fondo. Cuando notó que iba a correrse, él aceleró el ritmo, empujando su polla negra hasta la garganta de mi esposa mientras el otro le llenaba el culo con embestidas profundas y brutales, hasta que por fin ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, con los muslos temblorosos y el coño temblando alrededor de esa verga que no dejaba de bombearle leche caliente hasta que él mismo se corrió en su cara, dejando hilos gruesos y blancos sobre sus labios pintados, la mejilla y hasta en el pelo recogido, mientras ella se limpiaba con la lengua y le pedía más con voz entrecortada.