La esposa infiel se deja llenar de leche por mi polla y mi mano
—'No deberíamos hacer esto... pero no puedo parar'— me susurró Eva Dicks mientras le arrancaba el tanga con los dientes, su coño ya chorreando por el solo hecho de saber que su marido podría pillarnos. La puse de rodillas en el suelo de la cocina, con su culo en pompa y las tetas aplastadas contra el frío azulejo, y le metí la polla hasta las pelotas de una sola embestida. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer, mientras le agarraba las caderas con fuerza y le follaba como si no hubiera un mañana. Sus gemidos resonaban en la casa vacía, y yo solo podía pensar en lo puta que era, en cómo se retorcía bajo mi cuerpo mientras le metía los dedos hasta el fondo del coño y le frotaba el clítoris con el pulgar. En más de 10 minutos de escena, la hice correrse tres veces, cada vez más fuerte, hasta que su leche me empapó la mano y la polla. Luego la volteé, la puse a cuatro patas sobre la mesa del comedor y le llené el coño de leche caliente, marcándola como mía. —'Ahora sí estás bien embarazada, puta'— le dije mientras le escupía en la cara, y ella solo pudo gemir de satisfacción.