Follada en la boca por un desconocido la esposa caliente
Lucy, una rubia de tetas naturales bien duras, llevaba días coqueteando con miraditas de coño mojado cada vez que su marido se iba al trabajo. Esa tarde, mientras él se hacía el distraído en el sofá, ella se coló en la cocina con un vestido corto que apenas le tapaba el culo prieto y unos labios pintados de rojo que pedían a gritos que se los comieran. El tipo, alto y con una polla gruesa que le llegaba casi al ombligo, no necesitó más invitación: en menos de un minuto ya estaba metiéndosela hasta la garganta mientras ella le agarraba la cabeza con ambas manos y gemía como una puta en celo. La saliva le resbalaba por la barbilla y los muslos le temblaban de lo caliente que estaba el aire, pero el muy cabrón no se detuvo ahí: la levantó con un brazo mientras con la otra mano le arrancaba el tanga de encaje y la empotró contra la pared con un golpe seco que hizo crujir el yeso. Lucy chilló de placer cuando sintió esa verga enorme clavándosele hasta el fondo, con cada embestida sacudiéndole las tetas al ritmo de los empujones brutales y el marido observando todo desde el salón con la polla en la mano, sin poder creer cómo su esposa se dejaba follar como una zorra en celo. El desconocido, lejos de ser delicado, le mordisqueaba los pezones duros mientras le susurraba al oído lo buena que estaba su coño estrecho, y ella, sin pudor, le suplicaba que le diera más fuerte, que la llenara de leche hasta ahogarla. Cuando por fin el tipo le soltó un chorro grueso en la boca, Lucy tragó con avidez cada gota espesa mientras las venas de la verga le latían contra la lengua y los jugos le resbalaban por los muslos, dejando un rastro pegajoso en el suelo de la cocina. El marido, ya sin control, se acercó para limpiar los restos de corrida de los labios de su mujer, pero ella lo empujó con una sonrisa pícara y le dijo que esa leche era suya, que ahora era él quien tendría que aguantar sus ganas de más. La rubia, con el coño chorreando y los labios hinchados, se limpió con el dorso de la mano y se fue contoneando el culo hacia el dormitorio, dejando a los dos hombres con la boca abierta y las pollas duras como piedras.