La hijastra bien tetona cabalga la polla dura de su padrastro
La chica llevaba días coqueteando con él sin decir ni pío, pero hoy se le notaba en la mirada que quería algo más que un simple saludo. Él, con el cinturón ya desabrochado y la polla dura como una piedra bajo los pantalones, no pudo resistirse cuando ella se le acercó mordiéndose el labio y susurrándole al oído que necesitaba sentirla bien adentro. Sin perder tiempo, ella se quitó el top dejando al descubierto unas tetas enormes y pesadas que él no pudo evitar agarrar con fuerza mientras sus pezones rosados se le clavaban en las palmas. La posición en la que terminó ella sobre la mesa de la cocina, con las piernas bien abiertas y el coño ya chorreando de tanto deseo, hizo que a él se le secara la garganta solo de imaginarse lo que venía. La primera embestida la dejó sin aire, el grosor de su verga estirándole las paredes del coño de tal manera que ella soltó un gemido gutural mientras se agarraba a sus hombros con las uñas clavándosele en la piel. Él no perdonó ni un centímetro, cada movimiento un golpe seco que le hacía botar las tetas al ritmo de sus caderas contra su pelvis, el sonido húmedo de sus carnes chocando llenando la habitación como música de fondo. Ella, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos entrecerrados, no paraba de suplicarle que no se detuviera mientras él le mordisqueaba el cuello y le pellizcaba los pezones con saña, sintiendo cómo el cuerpo de ella se tensaba cada vez que la llenaba hasta el fondo. La sensación de su coño apretando su polla como un tornillo hizo que a él le hirviera la sangre, así que decidió darle la vuelta sin avisar y empotrarla contra la pared, agarrándole el culo con ambas manos para clavársela hasta las pelotas. Los gritos de ella se volvieron más agudos, mezclados con suspiros y maldiciones cuando él le dio una palmada en el culo que resonó como un trueno, dejándole la marca roja de sus dedos mientras seguía metiéndosela sin piedad. El sudor les resbalaba por la piel, sus cuerpos resbaladizos pegados el uno al otro mientras el ritmo se volvía frenético, sus gemidos sincronizados en una sinfonía de lujuria. Cuando ella sintió que la leche caliente de él le inundaba las entrañas, no pudo evitar correrse al mismo tiempo, sus jugos mezclándose con el semen espeso que le llenaba el coño hasta rebosar. Los últimos coletazos de placer los encontraron jadeando, ella con las piernas temblorosas y él con la respiración entrecortada, sabiendo que acababan de vivir un momento que ninguno olvidaría en años.