Esclavo encadenado sufre humillación con jaula y pinzas en las tetas
Esa tarde en el estudio, te lo dejaste todo listo para él: la jaula de castidad bien ajustada, las pinzas en los pezones hasta que se le pusieron morados, y las cuerdas tirando de sus muñecas hacia atrás. Lo obligaste a arrodillarse desnudo frente a la ventana, con el culo al aire y las piernas abiertas, mientras el frío del vidrio le quemaba la piel. Sabías que llevaba días provocándote con fotos de su cuerpo gordo, rozándose contra las paredes del baño, enviándote mensajes de lo duro que estaba. Ahora era tu turno de hacerle pagar. Lo agarras del pelo y le susurras al oído: “¿Te gusta que te miren así, cerdo?” mientras le das un azote en las nalgas que lo hace gemir. Sientes cómo su polla intenta endurecerse dentro de la jaula, pero no puede, y eso te excita más. Le metes un pañuelo en la boca para que no grite, pero igual se le escapan gemidos ahogados cada vez que le clavas los dedos en los muslos. Lo obligas a lamerte los zapatos, a besar el suelo, a arrastrarse como el esclavo que es. Cuando ya no aguanta más, te acercas y le dices: “¿Quieres que te quite esto?” mientras le tocas la jaula con el pie. Él asiente desesperado, pero tú solo te ríes y le das la espalda, dejándolo ahí, humillado y con las pelotas reventando. Al final, solo le susurras: “La próxima vez, no me provoques tanto, puto.”