Joven asiático se corre solo en el bosque con su verga dura
El chico no pudo aguantar más cuando el viento le rozó el cuerpo sudado después de la carrera, su verga palpitaba como un animal enjaulado mientras se adentraba entre los árboles. Se apoyó contra un tronco grueso, la camisa ya tirada en el suelo y los pantalones bajados hasta los tobillos, dejando al aire esa polla gruesa y palpitante que lo traía de cabeza. Con la mano derecha bien enjabonada por el sudor, empezó a masturbarse con movimientos lentos al principio, disfrutando del calor que le subía por la columna vertebral. Los gemidos ahogados se le escapaban entre los dientes cuando apretó más fuerte la base y comenzó a mover la mano de arriba abajo con un ritmo que le hacía temblar las piernas. Cada vez que la punta roja y brillante asomaba entre sus dedos, soltaba un suspiro largo y necesitado, imaginando que eran unos labios calientes los que le chupaban con avidez. Los testículos le pesaban, llenos de leche espesa que clamaba por salir, y no pudo resistirse a acelerar el ritmo, apretando los muslos para no correrse antes de tiempo. La verga le latía con furia, roja como un tomate maduro, y cuando sintió que el orgasmo golpeaba como un tren, se dejó ir sin control, disparando chorros gruesos y blancos contra una piedra que brilló bajo el sol. La leche le resbaló por los dedos mientras jadeaba como un animal herido, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, sin importarle quién pudiera escucharlo en medio del bosque. Todavía con la respiración entrecortada, se limpió los restos de semen de la polla y del vientre con la camisa, pero no pudo evitar mirar hacia los lados, preguntándose si alguien más habría visto su espectáculo obsceno y sin remordimientos.