Cuerpos tatuados se devoran con ferocidad anal
Johnny Donovan, el musculoso de brazos marcados y piel brillante de aceite, no podía quitarle los ojos de encima a Seth Peterson desde que lo vio en el gimnasio con ese culito apretado embutido en unos calzones negros que le dejaban ver cada curva jugosa. Al cruzarse en el ascensor, los dos tipos se miraron con una mezcla de lujuria y desafío, sintiendo cómo la temperatura subía al instante mientras sus pieles sudorosas se rozaban sin querer. Johnny no perdió tiempo: lo empujó contra la pared del pasillo del edificio, le arrancó los calzoncillos de un tirón y se abalanzó sobre esa boca ansiosa que ya le lamía el glande mientras sus dedos gruesos le exploraban el culo sin piedad. Seth gimió con la polla bien enterrada en esa garganta caliente que lo chupaba como una puta desesperada, pero Johnny quería más: lo levantó en vilo, le escupió en el agujero palpitante y lo empaló contra su propia verga con un golpe seco que hizo que el novato aullara de placer. Las embestidas eran brutales, los cuerpos chocaban con un sonido húmedo mientras las tetas de Seth botaban al ritmo de cada envite, y Johnny le mordía los pezones duros como piedras mientras le susurraban obscenidades al oído. Seth se retorció, sintiendo cómo esa verga monstruosa le estiraba el culo hasta el límite, y cuando Johnny le agarró la cabeza para que le chupara las bolas mientras le metía el dedo en el culo, el novato no pudo aguantar más: se corrió con un chorro espeso que salió disparado hasta mancharle el pecho y la boca, gimiendo con cada contracción que le sacudía el cuerpo. Johnny, lejos de terminar, lo giró boca abajo sobre la cama improvisada del salón, le levantó las nalgas y se la metió hasta el fondo con un gruñido animal, sintiendo cómo ese culo se contraía alrededor de su polla como un guante ajustado mientras le escupía en el agujero para lubricar mejor cada embestida. La corrida final fue épica: Seth se corrió otra vez sobre su propia leche, esta vez dentro de él, mientras Johnny le llenaba las entrañas con un torrente blanco que le resbalaba por las piernas al correrse con violencia. Los dos quedaron jadeando, pegajosos de sudor y semen, con las pieles brillantes bajo la luz amarillenta del atardecer que entraba por la ventana, sabiendo que esa follada salvaje solo sería el comienzo de algo mucho más sucio y adictivo.