Assilille se toca con los ojos cerrados en la ducha
Eran las tres de la tarde y el vapor de la ducha empañaba los espejos mientras Assilille se deslizaba los dedos por el coño mojado, sintiendo cómo cada roce le arrancaba un gemido ahogado. Sabía que no debía hacerlo, que alguien podía entrar en cualquier momento, pero el placer era demasiado intenso para parar. Sus pezones duros rozaban contra las baldosas frías mientras se arqueaba, buscando más fricción, más presión. Los dedos se movían en círculos lentos al principio, pero pronto aceleraron, hundiéndose hasta que las caderas de Assilille temblaban. El agua caliente caía sobre su espalda mientras ella mordía el labio, conteniendo los gritos, porque esto estaba mal, pero no podía evitarlo. El clítoris le latía bajo sus caricias, hinchado y sensible, y cada vez que lo rozaba, un espasmo le recorría el cuerpo. Las piernas le flaqueaban, pero se aferraba a la pared, empapada y temblorosa, hasta que un orgasmo violento la sacudió, haciendo que las rodillas le fallaran. Cuando recuperó el aliento, vio el reflejo de su propia culpa en el espejo empañado, pero también la satisfacción de haberlo hecho a escondidas.