Vecina infiel se deja empotrar por el negro de al lado
La cocina está en silencio, solo se escucha el tictac del reloj y el sonido de los zapatos deportivos rozando el suelo. Ella se agacha para recoger un plato que se le cayó, pero en realidad está mirando por la ventana. El vecino negro, con su polla enorme ya dura bajo los pantalones, la observa desde el jardín. Ella se muerde el labio y le hace una señal con los ojos. Él entra sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado. Ella se quita la blusa de un tirón, dejando los pechos al aire, los pezones duros como piedras. Él la empuja contra la mesa, levantándole la falda y arrancándole las bragas de un solo movimiento. Su coño ya está mojado, goteando de excitación. Ella susurra que su marido podría volver en cualquier momento, pero eso solo lo excita más. Él le mete la polla de una estocada, llenándola entera, y ella ahoga un gemido mordiéndose el puño. Las caderas chocan con fuerza, el sonido de la carne golpeando la carne resuena en la cocina. Ella se agarra a los bordes de la mesa, sintiendo cómo cada embestida la hace temblar. Él le agarra el culo con fuerza, clavándole los dedos mientras la penetra más profundo. Ella gime más fuerte, pero él le tapa la boca con la mano para que no la escuchen. El sudor le cae por la espalda, mezclándose con el aroma de su excitación. Él acelera el ritmo, sintiendo cómo su polla se hincha dentro de ella. Ella siente que está a punto de explotar, pero él no se detiene. Con un último empujón, él se corre dentro de ella, llenándola hasta las pelotas. Ella se estremece, sintiendo el calor de su leche dentro. Él se aparta, dejando su polla aún dura, y ella se limpia con un trapo de cocina. Pero antes de que pueda decir nada, se escuchan pasos en el pasillo. Ella se viste rápido, pero él solo sonríe, sabiendo que esto no ha terminado. La próxima vez, será en la cama de ella, con su marido durmiendo al lado.