Profesoras dominantes ensañan estiramiento anal a alumnas
La directora azotó el látigo contra el escritorio mientras las tres profesoras se acercaban con los cinturones ya colocados y las pollas de silicona brillando bajo la luz fluorescente del aula vacía. La primera alumna, temblando de miedo y excitación, se agachó sobre el banco de madera con las piernas temblorosas, sintiendo cómo el frío metal le rozaba los muslos mientras la profesora más alta le separaba las nalgas con dedos expertos. El primer dedo entró sin resistencia, estirando su culo virgen con lentitud cruel mientras la directora le susurraba al oído que solo se merecía castigo por su curiosidad. La segunda alumna, más audaz, ya se había quitado la falda y se masturbaba con desesperación mientras observaba cómo el cinturón de la otra profesora se tensaba alrededor de su cintura, preparándose para empotrar cada centímetro de goma dura en su coño empapado. Los gemidos llenaron el salón cuando los dedos se volvieron puños, hundiéndose hasta el nudillo en el culo de la primera, haciendo que aullara como una perra en celo mientras la leche de la tercera profesora le chorreaba por la barbilla al chupar una polla imaginaria entre sus labios rojos. El olor a sexo y sudor lo impregnaba todo, mezclándose con el crujido de la fusta cada vez que golpeaba un muslo tembloroso, marcando carne pálida con líneas rojas que ardían como fuego. La directora ordenó que las dos alumnas se arrodillaran frente a frente, con las caras pegadas al suelo y los culos en pompa, mientras las profesoras se turnaban para follar sus dos agujeros al mismo tiempo, una con los dedos en el coño y la otra hundiendo su strap-on hasta la base en el culo de la otra. Los gritos se volvieron ininteligibles cuando ambas se corrieron al unísono, la leche brotando de sus coños y culos como ríos espesos mientras las profesoras no paraban de azotarlas, obligándolas a aguantar hasta que no pudieron más y se desplomaron sobre el charco de sus propios fluidos, jadeando y suplicando clemencia entre sollozos de placer. La última profesora, satisfecha, se limpió los dedos en el pelo de la alumna más sumisa antes de ordenarles que se arrastraran hasta el rincón como las putas que eran, con las medias rotas y los culos brillantes de sudor y leche.