Esclavo sumiso ve cómo su puta domina es empalada
El muy cobarde solo atina a masturbarse mientras ella se retuerce de placer bajo esos culos negros que la destrozan sin piedad. La zorra de la casa se arrodilla sobre el colchón, con el coño bien abierto y los pezones duros como piedras, esperando a que le metan esa verga que parece una porra de ébano lista para partirla en dos. El primero se acerca por detrás, le agarra el pelo y sin avisar le mete hasta las pelotas, haciendo que la perra grite como una posesa mientras su culo se abre como una flor recién regada. El segundo no se queda atrás y le clava la polla en la boca, ahogándola con su grosor mientras ella se corre sin poder contenerse, con los muslos temblando y el coño chorreando por todas partes. Las embestidas son brutales, cada una más profunda que la anterior, y el sonido de los choques entre piel y carne resuena en toda la casa como un tambor africano. El esclavo no puede evitar gemir al ver cómo su dueña, esa maldita perra que lo humilla día tras día, se deja destrozar por esos negros con una sonrisa de loca en la cara. Ella le exige más, le ordena que le chupe los dedos mientras le meten la polla hasta el fondo, y él no tiene más remedio que obedecer, lamiendo el coño empapado de su ama mientras los embates no cesan. El olor a sexo y sudor inunda el cuarto, mezclado con los gritos ahogados de la dominadora, que se corre una y otra vez sin poder parar, con los muslos pegajosos y los labios hinchados de tanto chupar verga. Los negros no se detienen ni un segundo, siguen machacándola como si fuera su putilla personal, hasta que por fin la obligan a correrse otra vez, esta vez con un chorro tan fuerte que le resbala por las piernas y le mancha las sábanas. El esclavo, completamente excitado, no aguanta más y se corre en su propia mano mientras su puta ama se derrumba sobre la cama, exhausta pero con una sonrisa de satisfacción en la cara, sabiendo que esta vez él no va a poder olvidar lo que acaba de ver.