Jueguen a ser malas juntas con este juego de dominación
Ella siempre llevaba esa ropa interior de encaje negro, ajustada como una segunda piel, y él no podía dejar de imaginar cómo sería arrancársela con los dientes. La primera vez que lo invitó a su apartamento, el olor a cuero y perfume caro lo envolvió al instante, y supo que esta vez no habría límites. Con un látigo en una mano y una sonrisa perversa en los labios, ella lo obligó a arrodillarse frente a ella, ordenándole que le chupara los pezones hasta que le dolieran. Él obedeció, sintiendo cómo su polla se ponía más dura con cada gemido que escapaba de su garganta. Cuando ella decidió sentarse sobre su cara, él no pudo evitar gemir al sentir su coño mojado aplastando su boca, mientras ella movía las caderas con fuerza, ahogándolo en su humedad. Con un movimiento rápido, ella lo empujó contra la pared, le bajó los pantalones y comenzó a masturbarlo con fuerza, sus uñas clavándose en sus muslos mientras lo obligaba a correrse en su mano. Al final, exhausto y con la respiración entrecortada, él solo pudo mirar cómo ella se limpiaba los dedos en su camisa, riéndose mientras le decía que la próxima vez sería aún más intenso.