Cazadoras demoníacas se empotran en trío lésbico salvaje
La más joven llegó con los muslos temblorosos y el coño chorreando entre las piernas, los labios hinchados de tanto lamerle el clítoris a su compañera mientras esta se retorcía contra la pared del templo en ruinas. No pasó ni un segundo antes de que la otra cazadora, con los pechos desbordados bajo el corsé ajustado, le clavara los dedos en el pelo y le aplastara la cara contra su entrepierna babosa, obligándola a tragarle el jugo que le goteaba sin parar. Los gemidos resonaron entre las columnas griegas cuando una de ellas, con las uñas pintadas de negro clavadas en las nalgas de la otra, la empujó contra el altar sucio y le levantó la falda de cuero hasta la cintura, dejando al descubierto un culo prieto y un coño depilado que brillaba bajo la luna llena. Sin avisar, hundió la lengua hasta el fondo mientras la chica de pelo plateado le mordisqueaba los pezones duros como piedras, arrancándole un chorro de leche que le resbaló por las tetas antes de que ambas rodaran sobre el mármol frío, intercambiando posiciones como perras en celo. La que quedó abajo se dejó penetrar con los dedos curvados, sintiendo cómo el coño le ardía al ritmo de los empujones bruscos, mientras la otra le escupía en la boca abierta y le exigía que lamiera cada gota de su propia corrida antes de empalarla sin piedad contra el filo de una espada oxidada. El sonido de los muslos chocando contra las nalgas resonó como un tambor, mezclado con los gritos ahogados y los fluidos que resbalaban por las piernas de ambas, mojando por completo el suelo del templo. Cuando la más dominante se corrió sobre la cara de su compañera, esta no pudo evitar tragarse todo el torrente caliente que le escupió en la garganta, arrastrando cada gota con la lengua antes de empujarla contra el suelo y montarla como una posesa, clavándole la polla de goma que llevaba escondida entre las piernas mientras le gritaba obscenidades al oído. El trío terminó con las tres cuerpos entrelazados, sudorosos y cubiertos de semen y jugos, mientras la más sumisa se dejaba llenar por ambas, sintiendo cómo el coño le ardía al recibir cada embestida hasta que, exhaustas, se derrumbaron sobre el suelo, jadeando y con las piernas temblorosas de tanto placer.