Novia de 18 años empotrada en la playa mojada
Llevaba semanas mirándola desde la ventana mientras se cambiaba de bikini, con esos muslos gruesos que le hacían babear cada vez que se movía. La invité a dar un paseo por la playa al atardecer y, en cuanto nos alejamos de los turistas, sus manos empezaron a acariciarme la polla por encima del bañador sin que tuviera que pedírselo. En cinco minutos ya estaba mordiéndome el labio mientras le arrancaba el top para lamerle esas tetas naturales que le rebotaban al caminar, con los pezones duros como piedritas. La empujé contra la arena y le bajé el bikini hasta los tobillos, dejándole el coño peludo y bien mojado al aire libre para que cualquier cabrón que pasara por ahí supiera que era mía. Con los dedos le abrí bien los labios y le metí dos hasta que empezó a gemir como puta descontrolada, su culo redondo temblando cada vez que la penetraba con los nudillos. No aguanté más: la levanté como a una muñeca, le agarré las caderas y la empalé contra mi polla hasta que le vi los ojos vidriosos y su coño chorreando leche por todos lados. Entre gritos y arena en el pelo, se dejó follar como una bestia mientras le azotaba el culo moreno, que sonaba como un trueno cada vez que la embestía hasta el fondo. Se corrió tres veces seguidas, con la leche saliéndole por la comisura de los labios y los muslos temblorosos de tanto placer, hasta que ya no pudo más y se dejó caer en la toalla con la respiración entrecortada y el cuerpo cubierto de granitos de sal. No contenta con eso, me rogó que le metiera los dedos otra vez mientras me chupaba la polla con esos labios carnosos, hasta que le solté un chorro bien caliente en la garganta que la dejó con la cara empapada y los ojos brillantes de satisfacción.