Chiquita se dejó empotrar el culo hasta sangrar
La morenita de pechitos chiquitos y cintura de avispa llegó con su tanguita de encaje y una sonrisa pícara que no dejaba lugar a dudas: quería que la destrozaran por atrás. Desde el primer sorbo de su boca pequeña y húmeda hasta la última embestida, el tipo no paró de gruñirle al oído lo bien que le quedaba su culo prieto y bien apretado. Ella, con voz de puta necesitada, le suplicó que le metiera la polla hasta el fondo aunque le doliera, que solo así se correría como una perra en celo. El cabrón, que tenía una verga monstruosa y venosa, no necesitó mucho tiempo para dejarla hecha un desastre: le arrancó el tanga de un tirón y le escupió en el coño antes de clavársela hasta las bolas, sintiendo cómo su culito virgen se abría como una flor podrida. Los gemidos de ella eran música para sus oídos, unos gritos agudos que se mezclaban con el sonido húmedo de la carne golpeándose contra carne, mientras la sangre le resbalaba por el muslo y manchaba las sábanas baratas de la habitación alquilada donde follaban como animales. Él no aflojaba, le agarraba las caderas delgadas con fuerza de oso y la empotraba contra el colchón viejo, haciendo que su culo se abriera en un triángulo perfecto cada vez que se la metía hasta la garganta. La morenita, con los ojos inyectados en lujuria y los labios entreabiertos, le pedía más fuerte, más rápido, que le llenara el culo de leche hasta que no cupiera ni una gota más, que la hiciera sangrar como la puta que era. Cuando por fin se corrió dentro de ella con un rugido animal, la dejó temblando sobre el colchón, con el coño chorreando y el culo hecho un desastre, goteando semen y sangre entre sus piernas flaquitas. La muy zorra se quedó ahí, jadeando y sonriendo con los dientes manchados de saliva, mientras él le lamía los pezones duros como piedras y le susurraba que nunca había visto un culo tan bueno para destruir.