Nieve cayendo mientras me mojo el coño y las tetas
El frío del invierno se le colaba por el jersey fino que llevaba puesto cuando llegó a la puerta de su casa, pero no era el aire lo que le ponía los pezones duros como piedras. Desde la ventana de su habitación, la vecina se masturbaba sin pudor mientras la nieve le resbalaba por los muslos desnudos, sus dedos se hundían en la raja empapada de su coño sin dejar de gemir cada vez que un copo le rozaba el clítoris. No aguantó ni cinco minutos antes de agarrarse a la pared de la cocina con una mano y con la otra apartarse las bragas empapadas para dejar que su coño se abriera como una flor bajo la lluvia helada. Se le escapó un quejido ronco cuando se dio cuenta de que no llevaba sujetador, sus tetas pequeñas pero firmes se balanceaban con cada movimiento brusco, los pezones rosados y duros como clavos clavados en el aire gélido. Se le ocurrió meterse los dedos en la boca para humedecérselos antes de volver a meterlos entre sus pliegues, saboreando su propia sal mientras el frío le erizaba la piel pero su cuerpo ardía como un horno. No tardó en agarrar el móvil para grabarse con las piernas abiertas sobre la mesa de la cocina, la cámara enfocando cada surco de su coño brillante mientras se lo metía con desesperación, sus gemidos ahogados mezclándose con el crujido de la nieve bajo sus pies descalzos. La imagen se volvió borrosa cuando empezó a correrse, su cuerpo temblaba como una hoja al sentir cómo el orgasmo le recorría la espalda en oleadas mientras la leche le resbalaba por los muslos y se mezclaba con los copos derretidos. Se dejó caer de espaldas sobre la mesa con un suspiro largo, su coño palpitante aún chorreando jugos por entre los pliegues hinchados, y se rio al ver cómo la nieve seguía cayendo sobre su piel sudorosa sin importarle nada más que el placer que acababa de arrancarse con sus propias manos.