Chupada desde abajo con leche en la cara
La morrita asiática de pelo negro y curvas suaves se agachó para dejar su boquita rosada justo donde le late la polla más dura, con los ojos brillando de lujuria mientras le susurraba al oído que se la chupara bien rica. Con las manos temblorosas pero decididas, le agarró el tronco grueso y lo llevó hasta su lengua, sintiendo cómo la vena palpitante le rozaba el paladar mientras probaba el sabor salado de la punta. Él gimió fuerte al sentir el calor húmedo de su boca envolviendo la cabeza del miembro, moviendo la lengua en círculos lentos pero audaces, como si estuviera saboreando el mejor postre de su vida. La morra no se conformó con chupar solo la punta: se la metió hasta la garganta con un gemido ahogado, sintiendo náuseas pero aguantando para complacerlo, mientras sus tetitas pequeñas pero firmes se balanceaban al ritmo de sus movimientos. Él le agarró la nuca con fuerza, empujando su cabeza hacia adelante y atrás, sintiendo cómo su polla se hundía cada vez más profundo, hasta que la punta le rozaba la campanilla. Ella no podía respirar bien, pero el morbo la tenía al borde, con los muslitos apretados y el coño ya empapado de excitación, deseando que él terminara pronto para poder correrse ella también. Cuando notó que el semen le subía por las pelotas, aceleró el ritmo de su mamada, chupando con más fuerza y gimiendo como una perra en celo, hasta que él no pudo aguantar más y le disparó la leche caliente directamente en la cara, salpicándole los cachetes, la barbilla y hasta los labios, que quedó cubiertos de un blanco espeso que se secaba bajo su mirada lasciva. Ella se pasó la lengua por los labios para probarlo, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos, mientras él le agarraba el pelo y le decía que le encantaba verla así, toda sudada y con la cara llena de su leche, como una puta más que dispuesta a recibir lo que él le diera. La morra se limpió con los dedos y se los llevó a la boca, lamiéndolos como si fueran el postre más delicioso del mundo, mientras sus caderas se movían solas, buscando alivio aunque solo fuera con la imaginación. Él, todavía con la polla dura, le ordenó que se arrodillara otra vez y le lamiera los huevos, sintiendo cómo su lengua juguetona los acariciaba con movimientos suaves pero insistentes, mientras ella gemía y se masturbaba con los dedos, deseando que el ciclo de placer no terminara nunca.