Macho canadiense se corre solo con su polla gigante
El tipo se baja el pantalón y saca su verga enorme, gruesa como un plátano bien maduro y roja como un tomate maduro, mientras se lame los labios con gesto de puro deseo. Sus dedos callosos se enredan en el tronco palpitante, apretando con fuerza mientras suspira profundo, imaginando que son dos manos femeninas las que le acarician la piel sensible del prepucio. La gota de líquido preseminal brilla en la punta mientras se masturba con movimientos lentos y deliberados, girando la muñeca con precisión para que cada caricia le arranque un gemido ronco y gutural. Se acuerda de esa morra canadiense que conoció en el bar de Vancouver, de cómo le chupó la verga hasta dejarlo seco y ahora fantasea con repetir la escena, pero esta vez solo, sin testigos que interrumpan su placer. Las venas de su miembro se marcan bajo la piel tensa, palpitando al ritmo de su respiración agitada mientras acelera el ritmo, imaginando que es su boca la que se hunde en su entrepierna, tragándose cada centímetro de carne dura como el acero. Siente el peso de sus bolas llenas, cargadas de leche espesa que amenaza con salir disparada en cualquier momento, así que aprieta el puño con más fuerza, bombeando con desesperación hasta que un chorro grueso y blanco le recorre el vientre, seguido de otro y otro más, salpicando su camisa mientras gruñe como un animal en celo. El último espasmo lo deja temblando, con la polla aún goteando y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón, pero con una sonrisa perezosa dibujada en la cara, saboreando el eco del placer que le dejó el cuerpo tembloroso y satisfecho.