Musculoso se empotra sin parar al pasivo con tatuajes
El cuerpo sudado de Hunter brillaba bajo las luces de la sauna de ese lujoso apartamento de Nueva York mientras Heath lo empujaba contra la pared sin dejar de lamerle el cuello marcado por tatuajes. La verga gruesa y dura del musculoso se frotaba contra el culo prieto del pasivo, que gemía con cada roce, sintiendo cómo la saliva resbalaba por su espalda tatuada mientras Heath le mordisqueaba los hombros. Sin aviso, lo giró de un empujón y lo sentó sobre la mesa de centro, arrancándole un gruñido cuando la madera crujió bajo su peso. Con las piernas abiertas al máximo, Heath le escupió en el agujero, lubricando su entrada antes de hundirse sin piedad, haciendo que el pasivo echara la cabeza hacia atrás y soltara un aullido ronco. Los tatuajes de la espalda se contraían con cada embestida brutal, y Heath no paraba, clavándole la polla hasta el fondo mientras le agarraba los pelos con fuerza para mantenerlo quieto. El sonido húmedo de carne chocando contra carne llenaba el aire, mezclado con los gemidos ahogados del pasivo, que ya tenía la boca llena de saliva mientras Heath le metía los dedos para abrirle más el culo antes de volver a empotrarlo con saña. La mesa temblaba, las gotas de sudor caían sobre el cuerpo del pasivo, y Heath no daba tregua, cambiando de ritmo para volver a clavárselo con fuerza, sintiendo cómo el pasivo se contraía alrededor de su verga como un guante ajustado. Cuando por fin se corrió, lo hizo dentro con un gruñido animal, llenándole las entrañas de leche espesa mientras el pasivo se retorcía bajo él, con los ojos vidriosos y la respiración entrecortada. Pero Heath no había terminado: lo levantó en vilo y lo tiró sobre la cama, donde lo sujetó con fuerza mientras le lamía el coño empalado, chupándole la leche que ya goteaba de su agujero antes de volver a clavarle la polla hasta el fondo. El pasivo no pudo más que suplicar entre gemidos, con la espalda arqueada y el cuerpo temblando, mientras Heath lo seguía follando sin piedad hasta que ambos se desplomaron, exhaustos y jadeantes, con los cuerpos pegajosos y el olor a sexo impregnando cada rincón de la habitación.