Amigo musculoso empotra al hetero sin piedad
El tipo más duro del barrio lo tenía todo: hombros anchos, brazos como troncos y una verga que parecía un poste de luz. Llevaban meses de risas, cervezas y miradas de reojo cuando al fin la tensión sexual explotó en el sofá de la sala. Él, el hetero de los huevos prietos, intentó resistirse al principio, pero el olor a sudor y cerveza que desprendía su amigo lo dejó tieso en segundos. Las manos callosas le apretaron el culo mientras le susurraban al oído lo bueno que iba a ser, y antes de que pudiera protestar, ya tenía la cabeza enterrada en su regazo chupando aquella polla gruesa como un puño. Los gemidos ahogados se mezclaban con el sonido de los testículos golpeando contra su boca, cada trago más profundo que el anterior. Cuando lo empujó contra la pared y le bajó los pantalones de un tirón, la cabeza de su verga ya brillaba empapada de saliva y pre. El culo palpitaba de ganas, aunque el hetero seguía fingiendo resistencia entre risas nerviosas. No duró mucho: el primer empujón del tronco de carne lo dejó sin aliento, la pared le servía de apoyo mientras el otro le agarraba las caderas con fuerza de oso y lo empotraba sin piedad. El sonido húmedo de la carne al chocar era música para sus oídos, los gritos agudos del hetero mezclados con los gruñidos bestiales de su amigo. Cada embestida le llegaba hasta el estómago, la verga abriéndole el culo como si fuera mantequilla caliente. Cuando por fin el hetero dejó de hacer teatro y se entregó por completo, el ritmo se volvió frenético, las gotas de sudor cayendo sobre su espalda mientras el otro le rugía al oído que se corriera en su boca. La corrida fue épica: chorros espesos y calientes llenaron su garganta hasta que no quedó ni rastro, el sabor salado mezclado con la sal de su propio sudor. Al terminar, el hetero quedó tirado en el suelo, la boca hinchada y el culo adolorido pero satisfecho, mientras su amigo se reía a carcajadas con la verga aún temblorosa y brillante de leche.