Mi esposa me pone los cuernos con mi hermanastro
Desde que se mudó a vivir con nosotros, la muy zorrona no paraba de restregarse contra él cada vez que yo salía de la casa. El muy cabrón se hacía el sueco, pero yo veía cómo sus manos se le resbalaban por el culo prieto de ella cada vez que se agachaba a recoger algo del suelo. Anoche, después de que yo me fuera a dormir, escuché un crujido en la escalera y me asomé sigilosamente: ella, en bragas y con los pezones duros marcados bajo la fina tela de su camisón, se acurrucaba contra su pecho mientras él le mordisqueaba el cuello con esos dientes blancos que tanto me ponían cuando era yo quien se los chupaba. Sin pensarlo dos veces, me quedé quieto escuchando cómo le susurraban frases sucias al oído mientras sus dedos se colaban bajo el elástico de sus bragas para masajearle el coño empapado. Él, con esa verga gruesa que siempre presumía, no tardó en sacársela y empezar a restregársela contra el culito tembloroso de ella, que gimoteaba con cada rozadura sin atreverse a quejarse. Cuando por fin la empujó contra la pared del pasillo y le arrancó las bragas de un tirón, ella se dejó caer de rodillas sin necesidad de que se lo pidiera, con la boca abierta y la lengua lista para recibir esa polla que ya goteaba por los nervios. Él no perdió tiempo y se la clavó hasta la garganta, haciéndola atragantarse con sus huevos mientras los gemidos ahogados se le escapaban por entre los labios enrojecidos. La agarró del pelo para empotrarle la cara contra su entrepierna, haciendo que le escupiera saliva y babas por toda la verga antes de girarla como una muñeca y levantarle el culito para clavársela por atrás. Ella chilló cuando la primera embestida le abrió las nalgas de golpe, y él no tuvo piedad: le metía la polla hasta el fondo una y otra vez, sacudiéndole las tetas con cada embestida mientras ella se agarraba a la barandilla para no caerse. Los ruidos húmedos de sus cuerpos chocando llenaban el pasillo, mezclados con los gritos de ella pidiendo más fuerte, más duro, que no parara. Él, sudando como un animal, le agarró las caderas con fuerza y se la empaló hasta que ella se corrió gritando su nombre, con el coño chorriando de leche ajena sobre el suelo de madera. Cuando por fin sacó la verga chorreante, ella se dejó caer al suelo, exhausta pero con una sonrisa de oreja a oreja, mientras él se limpiaba el sudor de la frente antes de agarrarla de nuevo para otra ronda.