Madrastra colombiana me empotra en la mesa de pool
Me había puesto los jeans más ajustados que encontré, solo por ver si le ponía las ganas a ese cabrón con su cámara escondida. Él me dejó que me paseara por la terraza mientras me sacaba fotos del culo, bien marcado bajo la tela fina, y yo me reía como si nada, pero con las bragas ya empapadas de puro morbo. Cuando menos lo esperaba, me agarró de la cintura y me tiró sobre la mesa de pool, que crujió al recibir mi cuerpo tembloroso. Sin preámbulos, me arrancó los jeans y me dejó con solo el sujetador y las medias, mientras su polla dura me rozaba el coño por detrás. La primera embestida me dejó sin aire, con las tetas apretadas contra la mesa y los gemidos ahogados entre los labios entreabiertos. Él no paraba de gruñir, diciendo que le encantaba mi culo redondo y cómo se le clavaban mis uñas en las piernas cada vez que me empotraba sin piedad. Le chupé los huevos mientras me follaba, sintiendo cómo el calor de su leche me empapaba por dentro cuando por fin se corrió dentro de mí, gimiendo como un animal y dejándome con las piernas temblorosas y el coño lleno de su leche caliente. Después, se limpió con mi pelo y me susurró al oído que esto era solo el principio, que sus amigos querían verme otra vez. Yo solo atiné a sonreír, con la boca llena de su sabor salado y el cuerpo aún vibrando de placer, mientras él guardaba su cámara con una sonrisa de pillo. La mesa quedó manchada de nuestros jugos, pero nadie en la casa podía adivinar lo que habíamos hecho ahí mismo, donde todos desayunaban. Me dejó con las medias rotas y el coño dolorido, pero con una sonrisa boba que no se me iba ni en sueños, sabiendo que cada vez que pasara por ahí, volvería a excitarme solo con recordar cómo me tenía atrapada entre sus brazos y su polla tremenda.