Luiza Ambiel y el médico vecino en un polvo salvaje de 10 minutos
El sol de la tarde entraba por la ventana entreabierta, iluminando el sofá de cuero donde Luiza Ambiel, con su cuerpo curvilíneo y sus tatuajes que resaltaban bajo la luz, se retorcía de placer. El médico vecino, con una polla que parecía no tener fin, la penetraba con fuerza mientras ella gemía como una loca, sus uñas marcando surcos en la espalda del hombre. Todo empezó cuando él descubrió que bajo esa ropa ajustada se escondía un coño tan mojado que casi podía escucharse el sonido de sus fluidos al chocar. Ella, que siempre se había creído una experta en el sexo, quedó impactada al sentir cómo esa verga la llenaba hasta hacerle tocar el cuello del útero, algo que nunca había experimentado. Sus tetas rebotaban con cada embestida, los pezones duros como piedras, mientras él le agarraba el culo con fuerza, dejándole marcas rojas que ella disfrutaba. El médico, al ver cómo su polla desaparecía entre esos labios carnosos, perdió el control y la volteó para empotrársela por detrás, sus gemidos ahora ahogados contra el cojín. Luiza, que siempre había sido la que llevaba el control, se sorprendió al descubrir que este hombre podía hacerla gritar como una puta en celo. Cuando él se corrió, lo hizo con tanta fuerza que su leche le manchó la espalda y el culo, dejando un rastro brillante bajo la luz del atardecer. El vecino, exhausto pero con una sonrisa de satisfacción, miró hacia la puerta donde Agatha Mama, que había estado observando todo, se mordía el labio inferior con una mezcla de envidia y excitación.