La maestra se rinde al deseo de su alumno en la cocina
No aguantaba más mirarla así, con ese uniforme ajustado y la falda corta que dejaba ver sus muslos perfectos cada vez que se inclinaba para servir el café. Llevaban semanas intercambiando miradas cargadas de tensión, roces "accidentales" en el pasillo, suspiros ahogados cuando creían que nadie los veía. Hasta que un día, después de clase, él la acorraló contra la encimera, sus manos subiendo por sus piernas hasta encontrar el encaje mojado de sus bragas. Ella gimió cuando sus dedos se hundieron en su coño, ya resbaladizo de anticipación, mientras él le mordía el cuello con desesperación. La levantó sobre la mesa, le arrancó las bragas de un tirón y se hundió en ella de una estocada, haciéndola gritar. Cada embestida era más profunda, más salvaje, hasta que sus caderas chocaron contra las de ella con un sonido húmedo y obsceno. La cocina olía a sexo, a sudor, a deseo acumulado por semanas. Él le apretó las tetas mientras la embestía, sintiendo cómo su polla se frotaba contra su punto G con cada movimiento. Ella le clavó las uñas en la espalda, pidiéndole más, más fuerte, hasta que él se corrió dentro de ella con un gruñido gutural. Cuando terminó, ella solo podía pensar en lo bien que se sentía haber dejado atrás el juego de roles, en cómo su cuerpo aún temblaba de placer y en lo mucho que deseaba repetirlo.