La gran polla que le mostró en el baño de la fiesta
La muy zorra de la fiesta no podía quitarle los ojos de encima al tipo desde que lo vio entrar con esos pantalones ajustados que le marcaban hasta el último centímetro de su verga enorme. Cuando la música subió y la gente se empezó a emparejar en rincones oscuros, ella lo agarró del brazo con esos dedos sudorosos y lo arrastró hacia el baño diciendo que tenía que verle algo 'muy importante'. Al cerrar la puerta con llave, el aire se llenó de ese olor dulce a perfume barato mezclado con el sudor caliente de ambos, y ella se le tiró encima como una perra en celo, arrodillándose en el suelo frío del baño para bajarle la cremallera con los dientes sin dejar de mirarlo a los ojos. Cuando por fin sacó esa polla gruesa y venosa que le colgaba hasta la mitad del muslo, ella se lamió los labios como si fuera un helado derretido y se la metió entera en la boca sin avisar, ahogándose un poco mientras escuchaba cómo él gemía y le agarraba el pelo con fuerza. 'Joder, qué grande estás', susurró ella con la boca llena, sacándola un segundo para escupir en su mano y frotarse el coño empapado que ya le goteaba por los muslos. Él no perdió el tiempo: la levantó en volandas contra la pared del baño, le subió el vestido ajustado hasta la cintura y le arrancó el tanga de un tirón, dejando al descubierto ese culo prieto que ya olía a sexo. Con un empujón brutal, le metió la polla hasta el fondo sin piedad, haciéndola gritar mientras sus tetas enormes rebotaban contra el pecho de él con cada embestida. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en las paredes del baño, mezclado con los gemidos ahogados que ella soltaba cada vez que él llegaba al fondo de su coño estrecho, estirándola hasta el límite. 'Más fuerte, cabrón, métemela toda', le suplicó ella entre dientes, arañándole la espalda mientras sus piernas temblaban alrededor de su cintura. Él no se hizo de rogar: la empotró contra los azulejos con una fuerza brutal, haciendo que el espejo del baño se empañara con su aliento caliente, y al poco rato ella ya estaba a punto de correrse, con el coño tan mojado que el líquido le resbalaba por los muslos. Cuando por fin se dejó ir, él la agarró del cuello con una mano y le metió la polla hasta la garganta, ahogándola un poco mientras le llenaba la boca con su leche espesa y caliente, escupiéndole la mitad en la cara antes de terminar de correrse dentro de su coño con un gruñido ronco. Cuando salieron del baño, ella aún tenía la marca de sus dedos en las caderas y él llevaba el sabor de su corrida pegado en los labios, pero lo que más les delataba era ese olor a sexo que les seguía como una nube invisible.