Diosa pervertida se deja empalar hasta correrse
La diosa caída ya no aguantaba más las miradas lujuriosas que le lanzaban desde los altares olvidados, así que se arrodilló frente a su verga divina y se la tragó toda de golpe, sintiendo cómo su coño se mojaba al instante. Él no perdió tiempo en empotrarla contra el suelo de mármol, con sus tetas rebotando al ritmo de cada embestida mientras ella gemía como una puta en celo, sus uñas clavándose en el suelo de tanto placer. La polla le llegaba hasta la garganta y le hacía arquear el cuerpo como un arco, su culo palpitando cada vez que él se hundía hasta las bolas dentro de su agujero bien apretado. Los jugos le resbalaban por los muslos y le manchaban las piernas, pero a ella no le importaba una mierda, solo quería que no parara hasta que ambos se corrieran a la vez. Con cada sacudida él le azotaba el culo con su verga gruesa, haciéndola chillar entre jadeos mientras sus tetas se sacudían como gelatina. El mármol estaba frío pero su piel ardía, sudor y leche resbalando entre sus cuerpos mientras él no dejaba de gruñir como un animal en celo. Cuando por fin se dejó caer sobre ella, enterrando la polla hasta el fondo, sintió cómo su coño se contraía alrededor de su miembro y lo apretaba como un tornillo, arrastrándolo hacia su propio orgasmo. El líquido caliente le inundó el vientre y ella se corrió gritando su nombre, con las piernas temblando y la espalda en arco, mientras él no paraba de embestirla hasta vaciarse por completo dentro de su coño deshecho.