La asiática ardiente quería verga y le di hasta que no pudo más
La tía no paraba de mirarme con esos ojos de puta hambrienta cada vez que me veía en el gimnasio, y yo sabía que solo necesitaba que alguien le diera lo que su coño mojado pedía a gritos. Cuando por fin la invité a mi casa, no perdió tiempo en arrodillarse y chuparme la polla como si fuera un helado, sus labios carnosos tragando mi verga hasta el fondo mientras gemía como una perra en celo. No pude resistirme a agarrarle el culo perfecto y empujarla contra la pared para empotrarla a fondo, sus tetas grandes rebotando con cada embestida mientras ella gritaba '¡Más fuerte, cabrón!'. La puse a cuatro patas en la cama y le comí el coño hasta que estuvo temblando, su jugo chorreando por mis dedos antes de clavársela por detrás, sintiendo cómo su carne apretada envolvía mi polla como un guante. Cuando se corrió, sus uñas se clavaron en las sábanas, y yo no pude aguantar más, llenándole la boca con mi leche caliente mientras ella tragaba como una profesional. Después, me lamió los pies y los dedos como una puta obediente, su lengua caliente recorriendo cada centímetro antes de que la volviera a follar contra el sofá, esta vez con sus piernas en mis hombros para sentirla más profunda. La dejé exhausta, con el cuerpo cubierto de sudor y el coño tan hinchado que apenas podía caminar, pero con una sonrisa de satisfacción que decía que volvería por más.