Gordito con pollón le hace cosquillas a su sumiso hasta correrse
El gordito musculoso empezó a acariciarle los pies con esa sonrisa pícara mientras Dimitri se retorcía en el sofá, sintiendo cómo cada toque le erizaba la piel y le hacía gemir sin poder evitarlo. Con esos dedos callosos le recorrió la planta del pie izquierdo, dibujando círculos lentos que le arrancaron los primeros jadeos ahogados, porque el muy puto era más sensible de lo que admitía. Mientras le miraba con esos ojos dominantes y esa barba bien recortada, Dimitri ya sabía que no iba a durar ni cinco minutos bajo ese castigo juguetón. El gordito le agarró el tobillo con fuerza y le inmovilizó el pie contra su muslo grueso, dejando ver ese tatuaje de serpiente que le serpenteaba por la pantorrilla mientras le susurraba al oído lo buen chico que era, lo rico que iba a estar cuando por fin se corriera. Dimitri no pudo evitar soltar una risita nerviosa que se convirtió en un gemido cuando el gordito le empezó a hacer cosquillas con más saña, apretando cada dedo entre sus labios gruesos mientras le masajeaba el arco del pie con la lengua gruesa y húmeda. El sumiso se revolvió como un loco, con el culo pegado al sofá y la polla ya dura como una piedra, goteando pre por toda la sábana mientras intentaba escapar sin éxito de esas manos que lo tenían atrapado. El gordito, lejos de soltarle, le inmovilizó también el otro pie y se lo llevó a la boca, chupando cada dedo con movimientos lentos y húmedos que le hacían temblar de pies a cabeza. Dimitri intentó zafarse, pero el gordito era demasiado fuerte, y cuando le metió dos dedos en la boca para que se los chupara mientras le hacía cosquillas en la planta con los otros, el pobre no pudo aguantar más: un gemido gutural le salió de lo más hondo cuando el primer chorro de leche le brotó de la polla, salpicando su propio vientre mientras el gordito se le echaba encima para lamerle hasta la última gota, limpiándole con la lengua gruesa y caliente mientras le susurraba que era un puto obediente y que se lo había ganado. El sumiso, exhausto y con el cuerpo tembloroso, solo atinó a sonreírle con los ojos vidriosos mientras el gordito le acariciaba el pecho sudado y le dejaba un beso húmedo en la comisura de los labios.