Flaco follado duro por el musculoso extranjero en la cama
El chaval flaquito llevaba días mirando al rubio de brazos marcados con cara de deseo cada vez que se cruzaban en el pasillo de la residencia. Esa noche, después de unos tragos de más y sin pensarlo dos veces, el gringo lo empujó contra la pared del cuarto y le arrancó la camiseta ajustada para morderle los pezones duros mientras le susurraba pestes al oído. El novato gimió fuerte cuando sintió la polla enorme del extranjero caliente contra su muslo, gorda y palpitante, lista para clavársela hasta el fondo sin piedad. Entre gemidos y maldiciones, el flaco se dejó caer de espaldas en la cama, con las piernas abiertas y el culo levantado, ofreciéndose sin pudor mientras el musculoso se desnudaba con movimientos lentos pero decididos, mostrando un cuerpo de escándalo lleno de tatuajes y abdominales marcados. El gringo no perdió tiempo y, tras escupirse en la mano para lubricar su verga, se posicionó detrás del chaval y le agarró las caderas con fuerza para empotrarlo de golpe, sintiendo cómo el pequeño culo se abría sin resistencia bajo sus embestidas brutales. El flaco chilló de placer al sentir cada empujón profundo, con la boca abierta y los ojos vidriosos mientras el extranjero le hablaba sucio, ordenándole que aguantara más y más sin correrse todavía. Entre sudor y saliva, el novato se agarraba a las sábanas, con el coño —sí, su pequeño coño apretado— temblando alrededor de la polla invasora que lo llenaba por completo, hasta el punto de que cada vez que el gringo se retiraba, sentía como si lo abandonaran y gemía pidiendo más. La habitación olía a sexo crudo, a piel caliente y a lubricante barato, mientras los cuerpos chocaban sin control, produciendo sonidos húmedos y obscenos cada vez que la carne golpeaba contra carne. El clímax llegó cuando el musculoso lo levantó en volandas, con las piernas alrededor de su cintura, y lo empotró contra la pared a modo de lastre, clavándosela hasta las entrañas mientras el flaco se corría en chorros espesos sobre su propio estómago, gritando como un animal en celo. El extranjero no se detuvo ahí y, tras vaciarse dentro del flaco con un gruñido gutural, lo dejó caer sobre la cama, exhausto pero satisfecho, mientras el novato quedaba allí, tembloroso y con las nalgas bien abiertas, mostrando el agujero reluciente y palpitante por donde aún goteaba la leche caliente del gringo.