Chica tatuada se masturba frente a su compañera asiática
Llevaba las uñas pintadas de negro y el vestido ajustado que se le subía cada vez que se movía, mostrando esos muslos tatuados que no podían pasar desapercibidos. La miró de reojo mientras la compañera asiática intentaba concentrarse en el libro, pero sus ojos no podían evitar desviarse hacia aquel coño pálido que brillaba entre sus piernas depiladas. Se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el calor le subía por la entrepierna al ver cómo la otra se tocaba con movimientos lentos y deliberados, rozando el clítoris hinchado con los dedos cubiertos de ese esmalte oscuro que tanto le excitaba. La tatuada no pudo resistirse más: se acercó despacio, pasando la lengua por sus labios pintados de rojo furioso mientras le susurraba al oído lo que llevaba semanas deseando hacerle. La asiática, con los pezones ya duros bajo la blusa blanca, no tuvo fuerzas para negarse cuando sintió aquellos dedos expertos deslizándose entre sus piernas, separando sus labios mojados para masajearle el coño con movimientos circulares que la hacían gemir sin control. Se dejó caer de espaldas sobre la mesa del aula, con las piernas abiertas y los muslos temblorosos mientras la tatuada se arrodillaba entre ellas, lamiendo aquella raja empapada con devoción, saboreando cada gota de jugos que le resbalaban por el culo. La asiática arqueó la espalda y gritó al sentir cómo aquellos labios calientes le succionaban el clítoris con fuerza, mientras una mano le apretaba el pecho con rudeza, pellizcándole el pezón hasta dejarlo rojo y sensible. No tardó en correrse con un espasmo violento, empapando la boca de su compañera que no paraba de chuparle, tragando cada gota de aquel licor salado que le corría entre las piernas. Cuando por fin recuperó el aliento, la tatuada se levantó y, sin mediar palabra, la giró bruscamente contra la pared, subiéndole el vestido hasta la cintura para dejar al descubierto aquel culo firme y redondo que tanto había fantaseado con tocar. Con un empujón, la empaló contra la pared, clavándole la polla bien dura entre las nalgas mientras le susurraban obscenidades al oído, diciéndole lo puta que era por dejarse hacer esto en pleno día, con el riesgo de que alguien entrara en cualquier momento. Cada embestida era profunda y brutal, haciendo que la asiática soltara gemidos ahogados, con las uñas arañando la madera de la mesa mientras su coño se contraía alrededor de cada embestida, buscando más y más placer hasta que, por fin, la tatuada se corrió dentro de ella con un gruñido animal, dejando su coño bien mojado y tembloroso, completamente satisfecho.