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Caminata al atardecer entre las ruinas calientes

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Estúdio WhiteRabbit Prod

Ella se mordió el labio mientras sus dedos se enredaban en mi camisa, sintiendo cómo el sol se filtraba entre los árboles y le pintaba la piel de tonos dorados. La skirt corta que llevaba se le pegaba al culo cada vez que inclinaba el cuerpo hacia mí, dejando ver que debajo no llevaba nada más que su coño bien depilado y ansioso por ser tocado. Yo no pude resistirme y le agarré el pelo con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás para que sus gemidos salieran ahogados entre los susurros del viento que revolvía su pelo castaño. La petite morena no opuso resistencia cuando la empujé contra las piedras frías de las ruinas, sus tetas pequeñas y duras presionadas contra mi pecho mientras le levantaba la falda sin importarme quién pudiera vernos. Su piel olía a sudor dulce y a frescura de verano, y cuando le metí dos dedos en el coño empapado, noté que ya estaba más mojada que el río cercano. Ella se retorció, sus caderas buscando más profundidad, y en ese momento supe que no aguantaría ni un segundo más sin empotrarla contra aquellos muros viejos. Con un tirón seco le arranqué las bragas de encaje y su culo prieto quedó al descubierto, temblando de anticipación mientras yo me bajaba el pantalón con urgencia. La polla me palpitaba con ganas de clavarse en ella, y cuando por fin la penetré de un solo empujón, sus gritos resonaron entre las piedras como un eco de placer prohibido. Cada embestida hacía que su piel se golpeara contra la piedra, su coño chorreante recibiendo cada centímetro de mi verga con un sonido húmedo y obsceno que me ponía más duro si cabe. Ella se corrió primero, apretando su coño alrededor de mi polla mientras sus uñas se clavaban en mis hombros y un chorro de leche caliente me resbalaba por los dedos. Pero no me detuve ahí: la giré como a una muñeca de trapo, le aplasté las tetas contra los matojos y le metí la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su culo se abría para mí como una flor carnal. Los gemidos se volvieron más agudos, sus piernas flaqueaban, pero yo la sujetaba con fuerza mientras le llenaba el culo de leche espesa, gruñendo como un animal mientras su cuerpo temblaba bajo el mío. Al terminar, ella se dejó caer contra mí, jadeante y con la falda arrugada alrededor de la cintura, mientras yo le limpiaba los restos de corrida de su coño con los dedos para que se los llevara a la boca. La pequeña morena se rió con voz ronca, mordisqueándome el labio antes de susurrarme al oído que quería repetirlo mañana en el mismo lugar... pero esta vez sin ropa.

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